Cuando la tristeza, la desesperanza o la pérdida de sentido vital aparecen tras un ictus, no hablamos solo de una reacción psicológica: existe una base neurológica que debe ser reconocida y tratada con sensibilidad y precisión. La psiquiatría diagnostica y trata la depresión post-ictus, adaptando los tratamientos a las necesidades específicas del paciente. La neurología continúa el seguimiento del evento cerebrovascular, mientras que la neuropsicología analiza el impacto en la atención, la memoria y la planificación. La fisioterapia contribuye a la rehabilitación física, recuperando la movilidad y la autonomía, y la terapia ocupacional acompaña al paciente en la readaptación a su vida diaria, ayudándolo a recuperar el control sobre su entorno y sus rutinas.
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